Tus manos, siempre tus manos; buscaban un lugar, un objeto, un pretexto que tomar, algo que las hiciera concentrarse para evitar que los nervios de los cuales ya eran presa, se notaran. Pero no lo lograron, las tomé, transpiraban como si tuvieran vida, pero claro, tenían vida, y mientras se relajaban al contacto con las mías mis ojos buscaron los tuyos, no fue difícil, como cuando se enciende una vela y se ilumina brevemente una habitación, los encontré entre la oscuridad, y sí, al igual que una vela, también brillaban e iluminaban. No dude un segundo y el beso fue al instante, tus manos encontraron de inmediato un lugar donde posarse. Tus ojos se apagaron, sólo por un momento, aquellos segundos, minutos, bueno, el tiempo que duró ese beso. ¿Qué siguió? Una sonrisa, una mirada que me hacía cómplice de la misma y que en secreto me decía: Fue tu suspiro en mi oído, entonces me di cuenta que ya no eras sólo mi amigo… Y así fue, suspiré, junto a ti, tan cerca que te roba...