Y ahí estaban los dos, sentados en la misma banca de piedra bajo la luz artificial que iluminaba brevemente la fresca noche, platicaban, reían, rozaban sus hombros de vez en cuando como queriendo insinuar algo más, algo que dejara de lado las palabras e hiciera que sus labios tomaran otro rumbo más que el sólo moverse para hablar. Él, la miraba ocasionalmente buscando una señal, ella, evitaba los encuentros largos de las miradas cruzadas que podían delatar su inquietante deseo, no se trataba de un romance adolescente, ni siquiera de la inexperiencia del primer beso, había algo más. Y los minutos transcurrían, el canto de algunos grillos despistados entre los matorrales rompían con el silencio del lugar, aunque no había silencio entre ellos dos, las palabras simplemente salían amenizando la velada y encantando la compañía. Y fue entonces cuando él dejó de lado los nervios y en un instantáneo movimiento sus brazos levantaron un breve vuelo que aterrizó en los hombros de ella, de...