Y ahí él, bajo la misma luna pensando en esa piel canela que perfuma sus venas y droga sus pensamientos, deformando sus instintos con la necesidad de ir a su encuentro y tener su cuerpo hasta rendirse entre sus piernas. Cuenta la luna que él recorría su espalda como si nunca la hubiera explorado y que ahí donde las velas atestiguaban el encuentro, la tomaba sin piedad entre sus implacables manos, entre sus incontrolables besos, sólo para raspar sus senos con la barba, para lamer sus piernas con el veneno de sus besos, para saciar su hambre de deseo.
El viento trajo consigo el perfume que descansaba en tu cuello, mi olfato lo recibió con una dulce sensación de frescura y lo transformó en un suspiro, nuestros ojos se cruzaron en una mirada que se interrumpía por fugaces parpadeos. Tus dedos se encontraron con los míos en una inquebrantable cadena y me jalaste hacía ti para unir tu aliento a mis labios desesperados por romper la sequía con el color de tu lápiz labial. Así lo hiciste; cuando el suave toque de tu boca me invadió, un nervioso derrame de emoción cruzó por todas mis venas haciendo que el corazón me latiera mas rápido que si hubiera corrido un maratón, al instante un impulsivo abrazo te acercó a mi pecho y me permitió sentirte, cerquita, tan cerquita que sentí tu pulso igualmente ansioso y tu palpitar también acelerado. Rompimos el beso para sonreírnos, nos miramos sabiendo que nos volveríamos a encontrar pronto; una voz en segundo plano mencionó tu nombre, señal de que tenías que retirarte, y con la última mu...
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