Me acerqué a la puerta de la habitación, una sensual música se oía al interior. Toqué y respondiste: -Ahora voy, cierra los ojos-. Abriste la puerta y me guiaste. Sonó la puerta cerrándose detrás de mí. -Ya puedes abrirlos- me dijiste. A mis pies, un pequeño sendero hecho con velas encendidas, un breve recorrido que iniciaba en la puerta de la habitación y terminaba a los pies de la cama, una cama que se adornaba con pétalos de rosas que intencionalmente colocaste en forma de corazón. Y sonreíste coquetamente al ver mi sorpresa; las velas iluminaban la habitación, caminamos entre ellas tomados de la mano, te acostaste sobre los pétalos dejando en el aire tu perfume, la bata que cubría tu cuerpo ligeramente se abrió. Y las sombras te abrazaban, como queriéndote devorar, ese encaje púrpura de tu ropa interior se combinaba con el negro de tu cabello y cada línea de tu piel se iluminaba con el breve rojo del incansable fuego, fuego que encendía mi deseo. Observé ...